Misa de medianoche
24 de diciembre de 2025
Is 9,1-6
Sal 95
Tit 2,11-14
Lc ,1-14
Queridos hermanos y hermanas:
«Hoy nos ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor». Estas palabras que hemos cantado en el salmo responsorial es el mensaje que el ángel transmite en la noche de Belén a aquellos humildes pastores que, al aire libre, velaban por turno su rebaño, y que hoy resuena en todos los rincones de este Planeta, nuestra «casa común»; también aquí en nuestra catedral de San Cristóbal de La Laguna.
Este es el motivo de la alegría que hoy nos desborda como cristianos: el nacimiento del Señor Jesucristo, el Hijo de Dios, «la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo», como dirá el evangelista Juan.
En efecto, la Navidad es la fiesta de la luz, así nos lo ha recordado la oración colecta de esta Misa y las lecturas apenas proclamadas. En la oración nos denominábamos a nosotros mismos, a esta asamblea litúrgica, como «quienes hemos experimentado este misterio de luz en la tierra», que hemos contemplado el resplandor de la luz verdadera que Dios ha hecho resplandecer en esta noche santísima al enviarnos a su Hijo amado.
La Navidad se ha convertido en un espectáculo de luces y alumbrados, de escaparates luminosos que intentan atraer nuestra atención invitándonos al consumo. Pero en esa confusión de luces, para los cristianos, hoy hay una luz que resplandece más que las otras. Una luz que nos ilumina el camino a seguir; que nos saca de las oscuridades o tinieblas en las que, a veces, vivimos a causa del pecado y de la desesperanza que anida en nuestro corazón. Es la luz del Salvador, «la luz del mundo», que con su claridad nos invita a recobrar la esperanza porque Él es nuestra Esperanza, con mayúscula, como se nos ha recordado a lo largo de este año jubilar que ya está llegando a su fin.
Con Cristo hay motivos para la esperanza, para salir de la oscuridad de una vida sinsentido o mediocre. Así lo anunciaba el profeta Isaías en el texto leído como primera lectura: «el pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande, habitaba en tierras y sombras de muerte, y una luz les brilló» (Is 9,1). Es la luz del Mesías esperado por el pueblo y anunciado por los profetas. Es la luz de Jesucristo, «Dios de Dios, luz de luz», como repetimos en el credo que ha acompañado la vida de la Iglesia en estos 1700 años desde que el Concilio de Nicea, en el año 325, defendiera la auténtica divinidad de Jesús, de la misma naturaleza del Padre.
Y esa inmensa luz capaz de iluminar y dar sentido al mundo entero y a todos y cada uno de nosotros brilla esta noche en el niño Jesús. Así lo expresaba también el profeta Isaías en la primera lectura que hemos escuchado. ¿Cuál es la causa de esta luz, de esta alegría, de este gozo? «Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado» (Is 9,5). ¡Qué hermosa expresión que nos recuerda que Jesús es un don, un regalo, que Dios nos ofrece, nos da! Y, como todo niño, y como toda vida humana, desde el seno materno, un don que hemos de acoger y cuidar porque es expresión de vida, de alegría, de luz… no en vano cuando hablamos del parto decimos «dar a luz».
Jesús ha venido a dar luz a nuestras vidas, en Él –nos recordaba san Pablo en su carta a Tito leída como segunda lectura– «se ha manifestado la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres» (Tit 2,11). Para «todos, todos, todos», como gustaba afirmar el Papa Francisco. Cristo ha venido a iluminar a todo hombre, a todos los hombres y mujeres. Ninguno queda excluido de la salvación ofrecida por Dios, a todos ha de llegar este mensaje, esta Buena Noticia que hoy se nos presenta como luz.
Sí, porque Jesús nos trae una buena y hermosa noticia. Él es el «príncipe de la paz», el que ha venido para traernos la paz verdadera y sostenible que sólo es posible cuando hay justicia y derecho, como recordaba Isaías, cuando Dios quebranta la vara del opresor para liberarnos de quienes nos oprimen y oprimen a nuestra humanidad movidos por intereses personales, económicos o partidistas, y no trabajan por el bien común, la defensa de la vida y el desarrollo integral de los pueblos. Quienes oprimen a pueblos a través de la violencia, la guerra, el odio y el miedo mediante discursos que dividen y crean actitudes y acciones xenófobas o de rechazo del otro.
Cristo viniendo al mundo desenmascara esa opresión y mentira, y nos trae la paz, como cantan los ángeles la noche de Belén: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad» (Lc 2,14). «La Navidad del Señor es la Navidad de la Paz». Esta frase de san León Magno, escogida por el Papa León XIV, para felicitar la Navidad en este año expresa, una vez más, su empeño y su invitación a una «paz desarmada y desarmante, humilde y perseverante», empeño que hemos de hacer nuestro como cristianos.
Sin embargo, esa paz que tanto anhelamos solo la hace posible el Príncipe de la Paz, Cristo el Señor, aquel que viene a liberarnos también de ese otro opresor invisible, el Maligno, que nos oprime y nos quita la libertad de hijos de Dios, conduciéndonos al pecado, haciéndonos esclavos. No. La luz que es Jesús quiere iluminar esos rincones oscuros de nuestro corazón para que descubriéndolos nos arrepintamos y nos abramos a la acción de la gracia de Dios que trae la salvación renunciando –como nos recordaba san Pablo– a la impiedad y a los deseos mundanos para llevar una vida sobria, justa y piadosa, para purificarnos como pueblo suyo, como Pueblo de Dios, y así dedicarnos enteramente a las buenas obras.
Estas buenas obras que con tanta generosidad hacemos y alentamos a hacer en este tiempo navideño, pero que, como cristianos, ha de ser el distintivo constante de nuestra vida, de una vida iluminada por Cristo. La caridad como actitud fundamental del cristiano vivida en el amor al prójimo, especialmente al pobre y vulnerable, como nos invitaba el papa León XIV en su primera Exhortación Apostólica Te he amado: «los pobres para los cristianos –afirma el Pontífice– no son una categoría sociológica, sino la misma carne de Cristo. En efecto, no es suficiente limitarse a enunciar en modo general la doctrina de la encarnación de Dios; para adentrarse en serio en este misterio, en cambio, es necesario especificar que el Señor se hace carne, carne que tiene hambre, que tiene sed, que está enferma, encarcelada» (n. 110)
La Navidad nos pone una vez más ante este gran gesto de Dios que, siendo rico se hace pobre por nosotros (2Cor 8,9), que nace en una familia humilde, que se hace pobre y necesitado en el niño Jesús que contemplamos en esta celebración envuelto entre pañales y recostado en un pesebre, porque no había sito para ellos en la posada. Como afirmaba recientemente el Papa recordando las palabras de Bonhoeffer en su meditación sobre el misterio de la Navidad: «Dios no se avergüenza de la bajeza del hombre, entra en él […] Dios ama lo que está perdido, lo que nadie considera, lo insignificante, lo marginado, débil y abatido»; y añadía León XIV: «Que el Señor nos dé su misma condescendencia, su misma compasión, su amor, para que cada día seamos sus discípulos y testigos» (León XIV, Discurso a la Curia romana en ocasión del saludo de Navidad, 22.12.2025).
La Navidad, hermanos y hermanas, nos invita a acoger a Jesús como luz que quiere iluminar nuestra vida y la de nuestra sociedad, también la de nuestra diócesis nivariense. ¡Dejémonos iluminar por Cristo! No tengamos miedo a esa luz que no nos ciega con su fuerza y potencia, sino que es una luz suave y amable que con su resplandor nos manifiesta la grandeza del amor de Dios que nace en Belén y nuestra grandeza como hijos e hijas suyos, miembros de su familia, la Iglesia.
No huyamos de la luz para escondernos en la oscuridad del pecado, antes bien dejemos que los rayos de luz de la gracia del Señor entre en nuestras vidas para renovar nuestra esperanza, animarnos a vivir con alegría la fe y entregarnos generosamente a los demás con amor. Seamos cristianos y una iglesia en salida misionera deseosos de compartir la luz que resplandece en esta noche de Navidad con tantas personas que siguen viviendo en la oscuridad del pecado y de la pobreza.
Que el Señor nos bendiga a todos y que como María acojamos a este niño que se nos ha dado, que es el Salvador, el Mesías, el Señor, motivo de gozo y alegría, y fuente de nuestra esperanza. Que el Señor Jesús nos ilumine con su luz y conceda al mundo la paz.
Que así sea.