Querida familia diocesana:

Quisiera compartir con ustedes mi reflexión sobre una de esas verdades con las que el Señor mueve nuestro corazón y alimenta nuestra esperanza en medio de las tareas que cada uno de nosotros ha abrazado desde su compromiso cristiano.

Me refiero a la necesidad de volver una y otra vez a nuestra condición de “llamados por Dios”. Lo sabemos, lo hemos experimentado y nunca lo meditaremos suficientemente: Dios te ha llamado por tu nombre; estás aquí porque Él te conoce y ha pronunciado tu nombre.

Te llamó a la vida, tu primera vocación, la más original de sus llamadas. Cada hombre y cada mujer que peregrina en esta tierra forma parte del proyecto de Dios, es un elemento imprescindible de su sueño sobre el mundo. Compartimos con quienes caminan junto a nosotros esa primera llamada, que es al tiempo una invitación a dotar del sentido más profundo cada una de nuestras decisiones. Me gusta recordar cómo lo expresa el Papa Francisco: “Esto es valioso, porque sitúa toda nuestra vida de cara al Dios que nos ama, y nos permite entender que nada es fruto de un caos sin sentido, sino que todo puede integrarse en un camino de respuesta al Señor, que tiene un precioso plan para nosotros”. Es mucho más lo que nos une que lo que nos separa. Y a todos quisiera invitar a colaborar con quienes están junto a nosotros en la tarea común de mejorar la vida de los demás.

Quienes compartimos la fe en Jesucristo sabemos que, junto a esa llamada universal, en nuestro bautismo hemos recibido además un regalo y el encargo de acometer una tarea. Se nos ha regalado con nuestro primer sacramento la posibilidad de formar

parte de esa nueva creación que surge del amor de Dios, que se nos ha mostrado enteramente en Jesucristo. Con el agua renovadora Dios nos ha recreado, nos ha hecho nuevos, capaces de entrar en diálogo con Él, de formar parte de su Cuerpo, que es la Iglesia.

Y de ahí surge la tarea que se nos ha encomendado: discernir en nuestro corazón cuál es la llamada concreta que Dios me hace en medio de su Iglesia. Con nuestra oración sincera, con ese discernimiento acompañado, Dios me mostrará el camino que ha elegido para mí, aquel lugar donde Él me necesita, donde tocaré de cerca la felicidad, desarrollándome como persona y como cristiano, colaborando con Él en la obra de la creación.

Nos conviene traer al corazón a menudo esta verdad: formas parte de un pueblo de llamados, siendo fiel a tu vocación recorrerás la senda que Dios ha dibujado con ternura para conducirte a la felicidad. Es Él quien te ha llamado por tu nombre en medio de nuestra Iglesia Diocesana, que te necesita y que sale al encuentro de cada hombre y mujer de nuestra tierra a través de ti.

 

Antonio M. Pérez Morales

Administrador diocesano

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