Parroquia Ntra. Sra. de los Remedios (Los Llanos de Aridane, La Palma)
sábado, 30 de agosto de 2025
Jer 1, 4-9
Sal 15
1Cor 9, 16-19.22-23
Jn 15, 9-17
Queridos hermanos sacerdotes y seminaristas,
queridos familiares y amigos de Daniel,
queridos hermanos y hermanas,
muy querido Daniel:
Casi casi que comenzaría esta homilía diciendo: ¡Llegó el día! En efecto, hoy es un día especial, muy especial, pero no solo para ti, después de tantos años, de idas y venidas, sino que es un día especial para toda nuestra iglesia diocesana nivariense que nos unimos a la alegría y el gozo que sientes en estos momentos -al igual que tu familia y quienes te conocemos y te queremos- al ver a un hijo de nuestra amada diócesis disponerse a recibir el don del ministerio presbiteral en el sacramento del orden. Recibes este don del sacerdocio en el contexto del año jubilar que estamos celebrando y que nos invita a ser peregrinos de esperanza, poniendo nuestra esperanza en Aquel que es la verdadera esperanza que no defrauda, y que es quien un día te llamó a la vida sacerdotal.
En el rito de la ordenación, tras la homilía, Daniel, mantendremos un diálogo en el que mostrarás tu voluntad de recibir el ministerio presbiteral, a conclusión del cual diré parafraseando al apóstol Pablo: “Dios, que comenzó en ti la obra buena, él mismo la lleve a término”. En efecto, Daniel, hoy iluminados por la Palabra que ha sido proclamada miramos a tu historia vocacional. Una historia de amor entre el Señor -que te eligió antes de formarte en el vientre materno, como a Jeremías, para que le siguieras de forma especial configurándote a Jesucristo Cabeza, Pastor, Siervo y Esposo de la Iglesia- y tú. Ha sido una historia que se ha ido tejiendo en el encuentro con el Señor en la oración y en los sacramentos, con las mediaciones que Él ha puesto en tu camino: tu familia, sacerdotes, catequistas… una historia en la que, como Jeremías también, te has sentido pequeño, como un niño, y han surgido en tu interior quizás miedos y temores ante una llamada tan grande, momentos de duda o de miedo… pero también el Señor te ha dicho a ti como al profeta: «No les tengas miedo, que yo estoy contigo para librarte». Y hoy puedes decir: es verdad, el Señor ha estado conmigo en este camino de discernimiento y formación sacerdotal, y me ha librado de mis temores y miedos. Y lo seguirá haciendo, Daniel, si sigues dejando que Él actúe en ti con la fuerza de su Espíritu. Como hasta ahora, Él te seguirá dando su Espíritu Santo para fortalecerte en los momentos de debilidad, para iluminarte en los de oscuridad… basta que tú, por tu parte, así lo pidas y dejes que Él haga en ti, como Él hizo en María.
También la Iglesia, tu madre -a través de la mediación de los formadores, profesores y compañeros de seminario, de las comunidades parroquiales por las que has pasado- te ha acompañado y te ha alentado en ese proceso vocacional. La misma Iglesia que hoy confirma esa vocación concediéndote el don del sacerdocio. Un don inmerecido, un tesoro que deposita en nosotros, que somos de barro, pero que por la misericordia de Dios -esa misericordia que tú mismo has podido experimentar en el sacramento de la confesión y que ahora podrás permitir que otros la vivan- somos capaces de vivir confiando siempre en el Señor.
Así es, Daniel, tú mismo lo has experimentado, como has reiterado las veces que hemos hablado, vivir confiando en Dios. Cómo no recordar las palabras de Santa Teresa del Niño Jesús: «La confianza, y nada más que la confianza, puede conducirnos al Amor». ¡Qué gran verdad! También el apóstol Pablo lo reconocía: «¡Sé de quién me he fiado!» (1Tim 1,12). Quienes llevamos unos años de sacerdocio podemos ratificarlo con nuestra experiencia de vida, sabemos en quién hemos depositado nuestra confianza. A colación de esta frase de la pequeña Teresa de Lisieux, el Papa Francisco decía: «Es la confianza la que nos lleva al Amor y así nos libera del temor, es la confianza la que nos ayuda a quitar la mirada de nosotros mismos, es la confianza la que nos permite poner en las manos de Dios lo que sólo Él puede hacer» (Francisco, C’est la confiance, 45). Por eso te invito a vivir el ministerio presbiteral que hoy inicias con esa actitud fundamental del creyente: la confianza en el Señor porque, como nos recordaba el salmo de esta celebración, Él es el lote de nuestra heredad, también de la tuya; nuestra suerte está en su mano, también la tuya. Ten siempre presente al Señor, Daniel, porque con Él a tu derecha no vacilarás y se alegrará tu corazón.
Y esta confianza que nos lleva al Amor, es la que nace de quien se sabe «amigo del Señor». Lo hemos escuchado de los labios de Jesús en el fragmento del Evangelio: «a vosotros os llamo amigos», que palabras tan hermosas que traspasarían el corazón de aquellos apóstoles en torno a Jesús en los días previos a su Pasión y que hoy resuenan en nuestro interior. Los discípulos estamos llamados a vivir como amigos de Jesús, a cultivar esa amistad en el trato frecuente a través de la oración, que es «tratar de amistad […] con quien sabemos nos ama», decía Santa Teresa de Jesús. La oración ocupa un puesto importante en la vida del presbítero, y también debe ocuparlo en tu vida, Daniel, como quedará de manifiesto en la pregunta que te haré sobre si estás dispuesto a invocar la misericordia divina en favor del pueblo que te sea encomendando, perseverando en el mandato de orar sin desfallecer. La oración, además de expresión de la amistad con el Señor, como Moisés que hablaba con Dios cara a cara como se habla con un amigo, es también expresión de nuestra labor pastoral, de nuestro amor al pueblo de Dios al que servimos. Pues, como leemos en la Escritura, «Este es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por el pueblo» (2Mac 15, 14).
Y lo más grande de todo es que esta amistad, que es la verdadera amistad que nos llena de alegría y hace que nuestra alegría llegue a plenitud, proviene de Jesús mismo: Él nos ha elegido, no somos nosotros los que le hemos elegido. Él nos ha elegido y nos llama amigos, porque nos considera sus amigos; y lo somos de verdad. Al respecto dice el Papa León XIV: «Las palabras de Jesús: “Yo los llamo amigos” (Jn 15,15) no sólo son una declaración afectuosa hacia los discípulos, sino una auténtica clave para comprender el ministerio sacerdotal. El sacerdote, de hecho, es un amigo del Señor, llamado a vivir con Él una relación personal y confidencial, alimentada por la Palabra, la celebración de los sacramentos y la oración diaria. Esta amistad con Cristo es el fundamento espiritual del ministerio ordenado, el sentido de nuestro celibato y la energía del servicio eclesial al que dedicamos nuestra vida; nos sostiene en los momentos de prueba y nos permite renovar cada día el “sí” pronunciado al inicio de la vocación» (León XIV, Discurso a los participantes en el Encuentro Internacional Sacerdotes felices “Yo los llamo amigos”, 26.06.2025). Que la amistad con Jesús sea la clave desde la que comprendas y vivas el ministerio sacerdotal que hoy se te confía, Daniel.
Por otro lado, Él nos ha elegido, al igual que los apóstoles, para que vayamos y demos fruto. Esta es la misión, que es esencial a la vida de la iglesia, la cual existe para evangelizar, y también a la vida del apóstol, como reconocía Pablo en el texto que hemos escuchado como segunda lectura: «¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!». Al respecto, recuerda el Concilio Vaticano II, «los presbíteros, como cooperadores de los obispos, tienen como obligación principal el anunciar a todos el Evangelio de Cristo» (Presbyterorum ordinis, 4). Se trata de llevar la alegría del Evangelio a todas las personas, especialmente aquellas que viven en las periferias existenciales, que ellos sean los preferidos en tu ejercicio del ministerio, como lo fue en la vida de Jesús y lo son para la Iglesia, que los pobres, los enfermos, los encarcelados, los inmigrantes, los que se sienten solos, los que son descartados por nuestra sociedad… con los que Jesús mismo se ha identificado, encuentren siempre en ti un hombre acogedor, comprensivo y misericordioso que los conduzca y acompañe a Dios. Que con ellos, como cristiano, y para ellos, como presbítero, seas peregrino de esperanza que los acompaña.
Querido Daniel, el don del sacerdocio ministerial que hoy recibes no es el final del camino de formación y de maduración, lo sabes. Concluye una etapa sí, la formación inicial, pero ante ti se abre el camino de la formación permanente en todos los ámbitos de tu vida. Que nunca perdamos la conciencia de que hemos de seguir creciendo como personas, como creyentes y como sacerdotes; y de que no podemos hacerlo solo, necesitamos del Señor y de los hermanos. Recordemos que siempre somos discípulos, cristianos en camino, del único maestro, Jesucristo, el que es camino, verdad y vida.
Concluyo haciendo mía la exhortación que el Papa León XIV dirigió a quienes ordenó el pasado 27 de junio en Roma, y que hoy, querido Daniel, te dirijo desde lo más profundo de mi corazón: «Ama a Dios y a los hermanos, sé generoso, fervoroso en la celebración de los sacramentos, en la oración -especialmente en la adoración- y en el ministerio; sé cercano a tu grey, dona tu tiempo y tus energías a todos, sin tacañear, sin hacer diferencias».
Que María, nuestra madre de los Remedios, patrona de nuestra diócesis y venerada en esta parroquia que te ha visto crecer en la fe y en la vocación, te acompañe siempre en tu vida sacerdotal, cuenta con esta madre que estará a tu lado y sabrá conducirte al verdadero remedio para nuestras preocupaciones y temores, que es su Hijo Jesucristo.
¡Que así sea!