En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña…

Esta actitud servicial de María podría servirnos de marco para entender el espíritu de servicio del que debe estar adornado el diácono y podría quedarte a ti, amigo Celso, como un punto de referencia en el ministerio que desde hoy te encomienda el Señor a través de la Iglesia.

Siempre me ha impresionado esta escena de la Visitación cuando la leo unida a la anterior que nos presenta San Lucas, la escena de la anunciación del ángel a nuestra Señora. En esta escena, la de la anunciación, María recibe la llamada de Dios, se abre a ella y se deja llenar de Dios. Pero, con el Hijo de Dios encarnado ya en sus entrañas por obra del Espíritu Santo, no se queda ensimismada, aislada, pasiva, sino que, en esos mismos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña… para prestar un humilde servicio a su prima Isabel, a una familia necesitada. La mujer llena de Dios, la que lleva ya a Dios hecho carne en sus entrañas, se hace sierva, servidora, como una mujer más del pueblo, sencilla y cercana a una familia que la necesita.

Te decía, amigo Celso, que esta escena podría ser un punto de referencia permanente en el ministerio que, desde hoy, va a confiarte el Señor a través de la Iglesia. También tú has recibido una llamada de Dios. Sin esta llamada, nada tendría sentido aquí y nada tendría sentido hoy. Y es bueno recordar explícitamente que detrás de este momento que estamos viviendo está Dios, el Dios vivo y verdadero de la revelación cristiana, el Dios que se ha fijado en ti y que te ha llamado. De esta llamada estás tú cierto, aunque, como María, no hayas dejado de hacer más de una vez preguntas al Señor: ¿cómo será eso? Y de esta llamada, que te ha dirigido el Señor, estoy cierto yo, que así lo he visto después de conversar tantas veces contigo y rezar e invocar al Espíritu Santo como tú lo has hecho.

De esta llamada estás cierto tú y está cierta la Iglesia. Y a esa llamada, como María a la suya, has respondido tú con total disponibilidad. También tú, como María, has sabido decir una vez y otra vez: Hágase en mí, Señor, según tu palabra. O, como nos enseña la segunda lectura al presentarnos el ejemplo admirable del mismo Verbo Encarnado, aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad.

Si este momento tiene sentido, repito, es porque antes de este momento, Dios te ha llamado a ser diácono, y porque tú has dicho «sí». Y lo has dicho, quiero subrayarlo, con humildad, con paciencia, sin poner fecha, sin poner condiciones, sin hacer presiones. Lo has dicho como hay que decirlo, manifestando tu disponibilidad ante la Iglesia que hoy te acoge, amigo Celso, y te confirma solemnemente en la certeza de que esa llamada viene de Dios y a ella tenemos que atenernos todos.

Si me he detenido un poco en esta perspectiva vocacional, es para dejar bien claro que le diaconado nos es en manera alguna un modo de promoverse un laico. Y lo digo en este caso en el que Celso ha estado, no pocos años ya, trabajando abnegada y fielmente en el campo del apostolado seglar. El diaconado es, sencillamente, una llamada especial de Dios que Él puede hacer a quien quiere y cuando quiere. Y que en este caso le ha hecho a Celso, sin que esta llamada aminore o quite importancia a la llamada que el Señor hace a los laicos a trabajar como tales en la viña de la Iglesia y en la viña del mundo. La llamada a ser diácono es una llamada singular de Dios y, en este caso, una llamada especial.

Porque estamos, ciertamente, en la ordenación de un diácono, primer grado del sacramento del Orden. Pero no es una ordenación más de un diácono, como tantas otras que tantas veces hemos vivido en el transcurrir de nuestra diócesis. Es una ordenación que hace historia. Porque Celso es un hombre casado y porque va a ser ordenado de diácono no en orden a recibir un día el ministerio de presbítero, como ha sido el caso hasta hoy, sino en orden a permanecer de por vida en el ejercicio de este ministerio de diácono. Con esta ordenación nace el Diaconado Permanente en la historia de nuestra diócesis.

En todo ello no estamos sino aplicando las directrices del Concilio Vaticano II y las orientaciones posteriores de la Iglesia que ha querido recuperar el diaconado como grado propio y permanente de la Jerarquía y ha establecido que se pueda conferir «a varones de edad madura, aunque estén casados» (LG 29), sin abrir por ello la puerta, entiéndase bien, a la ordenación sacerdotal de hombres casados.

Es, sin duda, por todo ello, una ordenación especial, pero en perfecta sintonía con las orientaciones de la Iglesia y con el caminar histórico de nuestra diócesis. Es curioso, y hermoso, a este respecto, que hayamos intervenido dos obispos en el proceso de esta ordenación; mi antecesor, Don Damián, y el que hoy preside esta Iglesia en nombre del Señor. Y es curioso, y hermoso, a este respecto, que haya intervenido el Consejo Presbiteral con su voto favorable a la instauración del Diaconado Permanente en nuestra diócesis en los tiempos de Don Damián, año 1990, y que haya intervenido el Consejo Diocesano de Pastoral, con su voto igualmente favorable, en los tiempos actuales, 1997. Es, pues, un paso nada precipitado el que hoy se da en la diócesis. Es un paso bien pensado y bien discernido. U paso, con la ordenación ya del primer diácono casado, bien estudiado por la Comisión Diocesana para el Diaconado Permanente.

Un paso que, cuando me preguntan por las razones para darlo, suelo resumirlas en tres, que son las que se recogen el Directorio aprobado para la diócesis:

– Una primera razón de carácter teológico: en concreto, el poder contar con los tres grados del Sacramento del Orden: diaconado, presbiterado y episcopado, en permanente ejercicio, es decir, el poder contar con las posibilidades todas que nos regala el Señor a través del Sacramento del Órden , sin limitarnos, solamente, a los grados del presbítero y obispo.

– Una segunda razón de carácter pastoral: la riqueza que significa para los presbíteros y el obispo, y para las mismas comunidades cristianas, especialmente en los barrios menos atendidos, el poder contar con el servicio que los diáconos, llamados a ejercer el ministerio de modo permanente, pueden prestar.

– Una tercera razón de tipo espiritual: el recordarnos que todo ministerio en la Iglesia es servicio, es diaconía, y acentuar en todos esta sensibilidad diaconal especialmente para con los pobres, los enfermos, los marginados sociales. Esta sensibilidad diaconal siempre es bueno recordarla y hacerla vida en la Iglesia, y el hecho de contar con diáconos que permanentemente nos invitarán a estar atentos a ella es bueno para la diócesis.

¿Qué falta en este momento? Falta todavía lo más importante. Dados todos los pasos anteriores, falta la ordenación. Falta la imposición de manos del obispo para que Celso, por esta imposición de las manos y la oración consecratoria, que va a tener lugar en esta celebración, reciba el don del Espíritu Santo.

En el Evangelio de hoy, hay una expresión preciosa referida a Isabel: Se llenó Isabel de Espíritu Santo… Ante la presencia del Niño-Dios en las entrañas de María, Isabel se llenó del Espíritu Santo. Hoy falta que tú, amigo Celso, quedes lleno del Espíritu Santo, y que, como Isabel, sepas reconocer y anunciar al Señor o, como María, puedas ponerte en camino e ir aprisa a la montaña, es decir, a las gentes a las que hoy eres enviado, a la parroquia del Camino de la Villa, a las familias del Camino de la Villa, a los niños y jóvenes, adultos y ancianos, sanos y enfermos, especialmente a los más pobres, cooperando allí con el presbítero que hoy rige aquella comunidad en el ministerio de la Palabra, de la Liturgia y de la Caridad.

Sólo me queda bendecir a Dios, de quien viene todo bien, como vemos en este tiempo que se acerca de la Navidad, y bendecir a cuantos han hecho posible este momento de gozo y esperanza: a ti, en primer lugar, amigo Celso, por tu disponibilidad a la hora de responder al Señor, y tu eclesialidad a la hora de saber que tu respuesta sólo puede darse en la Iglesia y con la Iglesia; justo es bendecir también a tu familia, tus padres, ciertamente, pero de una manera especial a tu esposa, Mary Luz, por su respeto y comprensión en relación con tu vocación y por su consentimiento para que des esta paso, consentimiento que, como tú sabes, la iglesia pide como requisito necesario; y justo es poner en este capítulo familiar también a tus hijos, a los dos hijos mayores, Sergio y Elena, con quienes quise hablar personalmente y tuve la alegría de hablar antes de tomar la decisión y que igualmente se mostraron respetuosos y comprensivos; obligado es, por mi parte, agradecer a la Comisión Diocesana para el Diaconado Permanente, formada por el Sr. Vicario de Pastoral, el Sr. Rector del Centro de Estudios Teológicos y el Sr. Delegado Diocesano de Liturgia, la ayuda inestimable que me han prestado a la hora de avanzar hacia este momento; como justo es agradecer a tu comunidad parroquial de La Higuerita todo lo que ella ha significado en tu vocación , y a la comunidad parroquial del Camino de la Villa la acogida que te están dispensando, acogida que, con el tiempo, y un templo más amplio, estoy seguro, irá creciendo y ampliándose también.

No quisiera olvidarme de nadie, pero no estoy seguro de no hacerlo. A Dios sea, en todo caso, y en primer lugar, la bendición, y la bendición sea también para cuantos, de una manera u otra, en un momento u otro, han contribuido a que la Iglesia pueda contar desde hoy con un diácono casado, que va a quedar permanentemente entregado al ejercicio de este ministerio diaconal.

Estamos en el IV Domingo de Adviento. Cercana está ya la Navidad: la conmemoración del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo. En este año especialmente dedicado al Espíritu Santo. Todo nos habla de esperanza. Por encima de nuestras flaquezas, de unos y otros, por encima de lo que aparece y tantas veces nos ofusca, este tiempo nos habla de lo principal, de lo fundamental, nos habla de Dios, de la presencia de Dios entre nosotros, del Enmanuel, de la luz de Dios, de la fuerza salvadora de Dios, del amor de Dios. Todo podemos encontrarlo y recibirlo a los pies del Niño-Dios, el verdadero diácono de la humanidad, desde el pesebre de Belén hasta la muerte, y una muerte de cruz. Todo comenzó en Belén y a los pies del Niño-Dios podemos comenzar a aprender. Con María y con José. Con los pastores y los magos. Con los hombres todos de buena voluntad.

En el clima de esta ordenación de Celso, y en sintonía con el Adviento, reconozcamos una vez más todos nuestra pobreza, nuestra necesidad de Dios. Reconozcámoslo personalmente y como Iglesia del Señor. Y, como tal Iglesia, en pleno camino sinodal, humilde y confiadamente, no dejemos de orar con el salmista:

Oh Dios, restáuranos,

que brille tu rostro y nos salve.

Ven a visitar tu viña,

la cepa que tu diestra plantó.

Ven, Señor, Ven también a través de tus ministros. Ven también a través de esta puerta que hoy se abre en la historia de nuestra diócesis. Que, junto a muchos y buenos presbíteros, tengamos también muchos y buenos diáconos permanentemente entregados a tu servicio y al servicio de esta viña tuya, de tu Iglesia, para que se desarrolle felizmente, podada de cuanto estorbe, bien abonada, fuerte y vigorosa, llena de vida y rica en los mejores frutos.

Santa María del Adviento, ruega por nosotros. Amén.

Felipe Fernández,

Obispo de Tenerife.

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Obispado de Tenerife
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