— Día del Seminario 2023 —

El próximo 19 de marzo, coincidiendo la Fiesta de San José y el “Día de los Padres”, la Iglesia nos convoca a celebrar el Día del Seminario. Un día para poner, ante la comunidad cristiana, la importancia del Seminario en la vida de la Diócesis, así como la relevancia que tiene esta celebración anual para reavivar la conciencia del pueblo cristiano sobre la necesidad de las vocaciones al sacerdocio y de la corresponsabilidad de todos en la formación de los futuros sacerdotes.

Cada vez más, sentimos que las vocaciones al ministerio sacerdotal son una necesidad apremiante de nuestras comunidades cristianas. No debemos olvidarlo, sin el ministerio ordenado no es posible la Iglesia, pues «el sacerdocio, junto con la Palabra de Dios y los signos sacramentales, a cuyo servicio está, pertenece a los elementos constitutivos de la Iglesia» (PDV 16).

Los sacerdotes son para el servicio de todos los fieles que constituyen el pueblo de Dios, salen de la propia Iglesia y son preparados por la misma Iglesia. Pero, ante todo, el sacerdote es siempre un don de Dios, que es quien elige y llama a los que quiere para ponerlos al servicio de su pueblo y es Él quien los consagra “para el anuncio del Evangelio al mundo y para la edificación de la Iglesia, personificando a Cristo, Cabeza y Pastor” (PDV 15).

A nosotros nos corresponde colaborar, con todos los medios posibles, para que -en aquellos que Él ha elegido- la llamada de Dios no quede frustrada y podamos contar con muchos, buenos y santos sacerdotes, que puedan ayudar al Pueblo de Dios a ejercitar con fidelidad y plenitud su vida cristiana, constituyendo así una Iglesia viva y misionera.

El lema elegido para el Día del Seminario de este año es: «Levántate y ponte en camino». ¿A quién se dirigen estas palabras y qué significan?  «Levántate y ponte en camino», son palabras dirigidas a toda la comunidad cristiana, que a veces podemos caer en la tentación de acomodarnos en la pasividad, en un individualismo paralizante.

“Levántate”, fue la palabra que Jesús dirigió al paralítico, que unos porteadores le trajeron en una camilla.  Llama la atención que el texto dice: “Viendo la fe de ellos…” (cf. Lc. 5, 18-26). En ocasiones algunos creyentes pueden llegar a sentirse muy solos y desalentados, esto puede ser una forma de parálisis anímica y espiritual. También hoy, el Señor nos dice a nosotros: “Levántate y ponte en camino”. Sí, Jesús quiere que tengamos una fe viva y que vivamos una vida cristiana activa, en camino, sin quedarnos parados y esperando que las cosas se arreglen solas. Una vida que de testimonio a las generaciones más jóvenes de lo que es una vida auténticamente cristiana.

«Levántate y ponte en camino», es también una llamada para que trabajemos por las vocaciones al sacerdocio. Como nos recuerda el Papa Francisco, “Dios actúa a través de eventos y personas”, es decir, nos necesita y cuenta con nosotros para promover, llamar, cuidar y apoyar las vocaciones. Sin duda, los padres, sacerdotes, personas consagradas, catequistas y profesores, jugamos un papel decisivo en esta tarea.

Para que haya sacerdotes necesitamos tener seminaristas, pero para que haya seminaristas necesitamos jóvenes capaces de recibir con fe y alegría la llamada de Cristo al ministerio. Jóvenes que escuchen y respondan a estas palabras: «Levántate y ponte en camino». Es decir, sal de ti mismo y no entiendas la vida como un “hacer lo que me gusta”. Todos tenemos capacidad para responder a la llamada de Dios y asumir opciones estables y definitivas que modelen la vida a imagen de Cristo, “que vino al mundo para servir y dar la vida por los demás” (Mt. 20,28).

¿Dónde se forman jóvenes con este espíritu? Dónde se forman jóvenes que entiendan que la vida es “vivir como respuesta a lo que Dios nos pide”, en lugar de ir por libre, haciendo “lo que me da la gana”. Si en las familias y en las parroquias no se educa a los jóvenes en que Dios nunca nos dirá, ni pedirá, nada que nos perjudique, sino que, como nos enseña Jesús, son “dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen” (Lc. 11, 28), poniendo así de manifiesto que su voluntad coincide con nuestra felicidad, difícilmente podemos esperar que los jóvenes valoren como importante la llamada de Cristo a presidir la comunidad cristiana en nombre suyo.

La semilla de la vocación necesita un terreno fértil para poder germinar. Por eso nuestra atención en este Día del Seminario debería, también, centrarse en los primeros “seminarios” de las vocaciones sacerdotales: la familia y la parroquia. ¿Son nuestras familias espacios de vida cristiana donde la vocación al sacerdocio pueda ser acogida como un don de Dios y no como una triste opción incomprensible? ¿Es nuestra parroquia una comunidad viva que siente el ministerio sacerdotal como una necesidad de la Iglesia? Como dice el Papa Francisco: “La vida fraterna y fervorosa de la comunidad despierta el deseo de consagrarse enteramente a Dios y a la evangelización, sobre todo si esa comunidad ora insistentemente por las vocaciones y se atreve a proponer a sus jóvenes un camino de especial consagración» (EG 107).

Por eso, en este Día del Seminario de 2023, además de preocuparnos por la escasez de vocaciones, de colaborar económicamente y de la imprescindible oración perseverante, tenemos que promover acciones concretas de pastoral vocacional.

Los futuros ministros de la Iglesia están en nuestras manos, si fortalecemos nuestra vivencia de la fe tanto a nivel familiar como parroquial y ayudamos a los jóvenes para que comprendan que, la opción de responder a la llamada de Dios, entregando la propia vida al servicio de la Iglesia, merece la pena y da felicidad. Dios sigue llamando y solo necesita de nuestra parte unos oídos despiertos y preparados para escucharlo. Ayudemos a los jóvenes a escuchar: «Levántate y ponte en camino».

Debemos recordar a los jóvenes que, la vocación al sacerdocio, no es una opción que uno escoge a su gusto, sino una iniciativa del Señor que nos elige a nosotros y nos llama a ser sacerdotes. Ante esta llamada podemos decir “sí, cuenta conmigo”, como hizo la Virgen María y como hicieron los apóstoles, y tantos otros a través de la historia de la Iglesia. También, podemos decir “no” y marcharnos por otro camino, como hizo el Joven rico del Evangelio y tantos otros que escucharon la voz del Señor y endurecieron el corazón.

A los jóvenes les digo: nadie como Dios sabe lo que más nos conviene, por eso, confiados en Él —como tantas veces les digo a los chicos y chicas al recibir la Confirmación— a la hora de plantearse lo que queremos ser de mayores, preguntemos una y otra vez, hasta que lo tengamos claro: «Señor, ¿qué quieres que haga? ¿Qué quieres que yo sea?». Con la oración y la ayuda de nuestra familia y de otras personas de confianza, podemos estar seguros que, tarde o temprano, conoceremos lo que el Señor quiere de nosotros y, si su voluntad es que seamos sacerdote, u otra vocación especial en la Iglesia, entonces, «Levántate y ponte en camino».

Asimismo, a las familias cristianas el Señor les dice, «Levántate y ponte en camino», cuando perciben que uno de sus miembros es llamado al sacerdocio, aunque sea el único hijo. De hecho, ya lo hacen las familias de los actuales sacerdotes y seminaristas que, no sin sacrificio, respetan la vocación de sus hijos y les apoyan para que puedan responder con generosidad a la llamada del Señor.

El Pueblo de Dios necesita y espera que los seminaristas lleguen a ser buenos sacerdotes; hombres que, siguiendo las huellas de Cristo el Buen Pastor, con generosidad y entrega, consagren su vida al servicio de la Iglesia. Conseguirlo es la tarea del Seminario y supone un gran esfuerzo, ante todo, para el propio seminarista que ha ponerse a la altura de la vocación a la que ha sido llamado. Y, también, esfuerzo de los formadores y profesores que han de custodiar y cultivar el don de la vocación sacerdotal en aquellos que tienen a su cargo. El Seminario es muy importante para el presente y futuro de la Iglesia. Entre todos podemos conseguir que así sea.

Es lo que deseo de todo corazón.

† Bernardo Álvarez Afonso

Obispo Nivariense

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