– Día del Seminario 2024 –

De nuevo, con motivo de la Fiesta de San José, celebramos el Día del Seminario. Este año 2024, en nuestra Diócesis, las fechas son el 16 y 17 de marzo. El Seminario es el lugar donde se forman los futuros sacerdotes. Ellos, a imagen de Cristo -el Buen Pastor- serán los guías de nuestras parroquias. Todos estamos llamados a colaborar con el Seminario, mediante la oración por los seminaristas y la colaboración económica para su sostenimiento.

Poner nuestra atención en el Seminario Diocesano es valorar su tarea como algo muy importante en la vida de la Diócesis. Hay Seminario porque hay seminaristas, es decir, adolescentes y jóvenes que, sintiendo la llamada de Dios al sacerdocio, dan un paso adelante y deciden ponerse a punto para vivir “conforme a la vocación a la que han sido llamados”.

El lema elegido para la celebración de este año es: “Padre, envíanos pastores”. En efecto, las palabras de Jesús cobran una gran actualidad, «la mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies» (Luc. 10, 2). El número de seminaristas ha disminuido en muchas diócesis de España y, también, en la nuestra. Por tanto, debemos pedir al Padre del cielo: “envíanos pastores”.

¿Qué podemos hacer? ¿Qué tenemos que hacer? Sin verdaderos cristianos no hay vocaciones al sacerdocio, ni seminaristas, ni sacerdotes. Éstos no caen del cielo, sino que salen de los jóvenes de nuestras familias, de nuestras parroquias y de nuestros movimientos apostólicos. Por eso, es muy importante la formación cristiana de los niños y los jóvenes. La relación con Cristo y el acompañamiento cercano a los jóvenes, son la clave en el descubrimiento y desarrollo de la vocación. Si son verdaderos cristianos, pueden escuchar la llamada de Dios.

Ya en el Antiguo Testamento, mediante el profeta Ezequiel, el Señor se comprometió él mismo a pastorear a su pueblo: «Porque esto dice el Señor Dios: «Yo mismo buscaré mi rebaño y lo cuidaré… Yo mismo apacentaré mis ovejas y las haré reposar. Buscaré la oveja perdida, recogeré a la descarriada; vendaré a las heridas; fortaleceré a la enferma; pero a la que está fuerte y robusta la guardaré: la apacentaré con justicia» (Ez. 34,11.15-16).

Esta promesa la cumplió Dios enviando al mundo a su propio Hijo. En efecto Jesús se presenta a sí mismo como el “buen Pastor”, “que da la vida por las ovejas” (cf. Jn.10, 14-15), no sólo por el pueblo de Israel, sino por todos los seres humanos: Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo Pastor” (Jn.10, 16). Toda la vida de Jesús es manifestación y realización diaria de amor, hasta dar la vida. Jesucristo es Dios apacentando personalmente a su pueblo.

Después viene aquello que Jesús dice a los apóstoles: “id al mundo entero” y haced lo mismo que yo, y “sabed que yo estoy con vosotros todos los días” (cf. Mt. 28,18-20). Luego vino la efusión del Espíritu Santo (cf. Hech. 2). Y testifica el evangelio de Marcos que “Ellos se fueron a predicar por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban” (Mc. 16, 20). Y dice Pedro, después de haber curado al paralítico, “sepan todos que es Jesús Nazareno quién ha curado a este” (Hech. 4, 10). Y san Pablo nos dice: “Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí”. Lo cual significa que Cristo continúa actuando, ejerciendo su oficio de Buen Pastor, mediante aquellos que Él ha elegido para que prolonguen su misión.

¿Qué ha ocurrido? Sencillamente que Dios sigue cumpliendo su promesa de apacentar personalmente a su pueblo. Lo sigue haciendo, no en la humanidad histórica de su Hijo Jesucristo, sino por la humanidad glorificada de su cuerpo que es la Iglesia, vivificada por su Espíritu y de la cual el mismo Cristo es personalmente Cabeza y Pastor.

Y ahí están los sacerdotes, los que por el Sacramento del Orden han sido configurados con Cristo, recibiendo el don de la caridad pastoral de Cristo, un don -mediante el cual- Dios mismo sigue apacentando a su pueblo. Han pasado dos mil años, pero la historia es la misma: “Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn. 3, 17).

Para que todo esto sea posible, el Señor mismo nos prometió por medio del profeta Jeremías: «Os daré pastores, según mi corazón, que os apacienten con ciencia y experiencia» (Jer. 3, 15). Y esto es lo que pedimos al Señor en esta jornada del día del Seminario: “Padre, envíanos pastores”, según tu corazón. Los sacerdotes son un regalo de Dios para el mundo. Él es quien nos los da. A Él se los tenemos que pedir. Orar es algo que podemos hacer todos, en cualquier tiempo y lugar, no importa la edad, si estamos sanos o enfermos, si somos niños, jóvenes o mayores. Todos podemos orar en la seguridad de ser escuchados.

La celebración anual del Día del Seminario, nos invita a poner la atención en esta institución diocesana en la que se forman los futuros sacerdotes que han de servir al pueblo de Dios en las parroquias y otros ámbitos de la misión de la Iglesia como los hospitales, servicios de Cáritas, centros educativos, tanatorios, los centros penitenciarios, etc.

La Diócesis debe mirar siempre al Seminario con esperanza y alegría. Cada fiel cristiano laico, consagrado o sacerdote, debe sentir el gozo de contemplar cómo Dios nos sigue amando en cada vocación al ministerio que se forma en el Seminario. Debemos apoyarlos con nuestro compromiso, con nuestra oración, con nuestra ayuda económica; porque Dios nos sigue manifestando su fidelidad a través del testimonio alegre de jóvenes que, obedientes a la voz de Dios, dejándolo todo, han comprometido su existencia en el seguimiento de Cristo. Una vocación sacerdotal es un tesoro que, entre todos, debemos cultivar para que produzca fruto abundante.

Les invito a dar gracias a Dios por nuestro Seminario, por los seminaristas que allí se preparan, por todas las personas que con su dedicación y entrega generosa trabajan en la formación de los seminaristas, por las personas que colaboran con el Seminario con sus donativos y donaciones; y por todos los sacerdotes que se han formado allí y, una vez ordenados, han entregado su vida al servicio de los demás, es decir han sido y siguen siéndolo, “un regalo de Dios para la Iglesia y la sociedad”. Sin los sacerdotes no tendríamos la experiencia de Iglesia, ni recibiríamos a Cristo en la Eucaristía, ni su perdón.

“Padre, envíanos pastores”. La gracia de la vocación es siempre un regalo. Dios escucha siempre nuestra plegaria y, ante el don de la vocación que viene sólo de Él, nos ha pedido nuestra implicación para que tengamos también parte y colaboración, y nos hagamos partícipes suyos moviéndole a este valioso regalo.

De corazón les bendice y les desea la paz del Señor,

† Bernardo Álvarez Afonso

         Obispo Nivariense

X