Queridos diocesanos:

Celebramos de nuevo el Día del Seminario Diocesano. Como siempre en torno a la fiesta de San José que, en este año 2022, tiene lugar los próximos días 19 y 20 de marzo. Aparte de rezar por los seminaristas y las vocaciones al sacerdocio, como ya lo hacemos siempre, haremos la colecta para el sostenimiento del Seminario, colaborando así a la formación de los futuros sacerdotes.

El lema elegido para esta ocasión es: «Sacerdotes al servicio de una Iglesia en camino». Con ello, se nos invita a reflexionar sobre la importancia y necesidad de los sacerdotes para la vida de la Iglesia. Una Iglesia que es peregrina por naturaleza y que siempre está en camino: “Juntos como hermanos, miembros de la Iglesia, vamos caminando al encuentro del Señor”. En este caminar, por voluntad de Dios, el sacerdocio ministerial pertenece a los elementos constitutivos de la Iglesia (cf. PDV 16) y está totalmente al servicio de los fieles que forman el Pueblo de Dios.

«Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tim. 2,4) y para ello envió a su Hijo al mundo, el cual, con su vida, muerte y resurrección realizó la obra de la salvación. Ahora bien, lo que el Señor ha realizado para la salvación del género humano, hay que proclamarlo y difundirlo hasta los confines de la tierra, de modo que lo que Él ha efectuado una vez para la salvación de todos, consiga su efecto en todas las gentes en la sucesión de los tiempos (cf. AG 3).

Para ello, fundó la Iglesia, que es “signo e instrumento de salvación” y, en la cual, los sacerdotes actúan como enviados de Cristo, al que le hacen presente como Cabeza, Pastor y Esposo de la Iglesia. Dios se sirve de ellos -como instrumento- para que, mediante la predicación de su Palabra y la celebración de los Sacramentos, cuiden de los fieles y les hagan participes de la salvación que Él quiere para todos.

No existe crecimiento verdadero y fecundo en la Iglesia, sin la presencia de sacerdotes que la sostengan y alimenten. Por eso, el cuidado y desarrollo de la vocación sacerdotal, es fundamental para la vida de la Iglesia y requiere la participación activa de todos los fieles como miembros del Cuerpo de Cristo que, al mismo tiempo, son los beneficiarios del servicio que prestan los sacerdotes.

Cada día vamos experimentando la falta de sacerdotes para atender a todas las necesidades del Pueblo de Dios. Comprobamos con preocupación lo que ya dijo Jesús a sus discípulos: «La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies» (Luc. 10,2). El Señor quiere hacerse presente en medio de todas las gentes y, para ello, elige y envía personas concretas que actúen en su nombre.

Como en tiempos del profeta Isaías, también hoy, el Señor dice: «¿A quién enviaré? ¿Y quién irá por nosotros?» (Is. 6,8). Ante esta pregunta, hacen falta personas que como el profeta respondan: «Aquí estoy, mándame».

Ahora bien, para escuchar la voz de Dios y responder a lo que nos pide, hay que creer en Él y, sobre todo, establecer una relación personal, escuchando su Palabra y orando. De ahí la importancia de la educación en la fe de todo el pueblo cristiano y, particularmente, de las nuevas generaciones. Siempre nos viene bien recordar las palabras de San Pablo: «¿Cómo invocarán a aquel en quien no han creído?; ¿cómo creerán en aquel de quien no han oído hablar?; ¿cómo oirán hablar de él sin nadie que anuncie?» (Rom. 10,14).

Como dice el Papa Francisco, no puede haber vocaciones sacerdotales sin una comunidad cristiana madura, que viva y transmita la fe: “La vida fraterna y fervorosa de la comunidad despierta el deseo de consagrarse enteramente a Dios y a la evangelización, sobre todo si esa comunidad ora insistentemente por las vocaciones y se atreve a proponer a sus jóvenes un camino de especial consagración» (EG 107).

“Proponer a sus jóvenes…”. Ciertamente, la vocación al sacerdocio es una llamada de Dios. Él es quien habla al corazón de cada uno. Pero, para hacerlo, se vale de diversas mediaciones que, directa o indirectamente, sirven de instrumento para hacer resonar esa llamada.

Una de esas mediaciones son los propios sacerdotes que, desde la vivencia gozosa del ministerio, son estímulo y testimonio para tantos jóvenes que se puedan sentir llamados por Dios por este camino. “La historia de cada vocación va unida, casi siempre, con el testimonio de un sacerdote que vive con alegría el don de sí mismo a los hermanos por el Reino de los Cielos” (Benedicto XVI).

Sin duda, la mejor mediación es la relación personal con Dios. Por eso es necesario enseñar a orar a los jóvenes con la Palabra de Dios, poniendo en práctica los que nos dice el Concilio Vaticano II: “No olviden que debe acompañar la oración a la lectura de la Sagrada Escritura para que se entable diálogo entre Dios y el hombre; porque a Él hablamos cuando oramos, y a El oímos cuando leemos las palabras divinas” (Dei Verbum 25).

También, una mediación importante es enseñar lo que es la vocación sacerdotal en la catequesis y en los centros de formación cristiana. Asimismo, no dudar en hacer abiertamente y sin miedo, la propuesta vocacional a algunos jóvenes, a los que vemos con inquietudes, para que –desde su fe- se lo piensen y maduren una respuesta libre.

Necesitamos «Sacerdotes al servicio de una Iglesia en camino». Para conseguirlo no estamos solos, sino que “vive en nosotros la fuerza del Espíritu que el Hijo del Padre envió: Él nos empuja nos guía y alimenta”. A veces, “rugen tormentas y parece que nuestra barca ha perdido el timón”. Pero, por encima de todo, “una esperanza nos llena de alegría: presencia que el Señor prometió”.

En esta confianza les invito a todos a tomarnos en serio y trabajar por el fomento de las vocaciones al sacerdocio. También, a colaborar con el Seminario para que, con la ayuda de todos podamos contar con muchos y buenos sacerdotes.

 

† Bernardo Álvarez Afonso

Obispo Nivariense

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