«María de Candelaria nos trae la luz de la esperanza que nos conduce a la paz»
viernes, 15 de agosto de 2025
Ap 11,19a; 12,1-6a.10ab
Sal 44, 10.12.12.16
1Cor 15, 20-27
Lc 1, 39-56
«Bienaventurada la que ha creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá» (Lc 1, 15). Queridos hermanos y hermanas, con esta felicitación de Isabel a María que viene a su encuentro para ofrecerle su servicio y su ayuda y, sobre todo, para llevarle al Salvador, a su hijo Jesús, a quien María lleva en su seno, hoy felicitamos también nosotros a la Virgen María en este día tan especial en el que la Iglesia celebra la Asunción de María a los cielos en cuerpo y alma al término de su vida en la tierra – como lo declaró dogmáticamente el papa Pío XII. Una celebración, la del 15 de agosto, que en muchos puntos de la geografía católica celebra a María con diversas advocaciones, como hacemos nosotros aquí en Tenerife llamándola Virgen de Candelaria, bajo cuyo patrocinio general se encuentran nuestras islas Canarias.
Ciertamente de María, como buena madre de Dios y madre nuestra, podemos destacar muchos aspectos de su vida que se convierten en luz, como expresa el cirio o candela que nuestra amada Morenita lleva en su mano y que da nombre a esta hermosa imagen, para nuestra vida: María es madre, es la mujer de la escucha y contemplación, es la mujer disponible a la voluntad de Dios, es aquella que permaneció fiel junto a su Hijo incluso al pie de la cruz, es la que acompañó a la iglesia naciente el día de Pentecostés… pero todo ello tiene un elemento fundamental sobre el que se asienta y que es el que Isabel subraya en su elogio: la fe. María es bienaventurada porque ha creído, porque ha puesto su confianza plena en el Señor. María ha creído a Dios, al Dios que es fiel; al Dios que –en palabras de Isabel– cumple su palabra.
«Bienaventurada la que ha creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá». Una fe que se convierte en esperanza: María creyendo en Dios espera el cumplimiento de su palabra, «que se cumplirá». También el autor de la Carta a los Hebreos lo afirma claramente: «La fe es fundamento de lo que se espera, y garantía de lo que no se ve» (Heb 11,1). Así pues, esta fe de María en la palabra de Dios, mediante la cual se convirtió, por obra del Espíritu Santo, en la madre su Hijo y que suscitó el elogio de Isabel, es para nosotros, sus devotos hijos e hijas, una invitación para que, mediante la fe, también nos abramos confiados al Dios de la promesa, para que vivamos en esperanza, pues en esperanza fuimos salvados, y no vivamos como los gentiles, los que no conocían a Cristo, que –en palabras de san Pablo a los Efesios– vivían «sin esperanza y sin Dios en el mundo» (1Tes 2,12).
María descubrió el cumplimiento de las promesas de Dios a lo largo de su vida en la tierra y también al término de la misma, como recordamos y celebramos en este día de la asunción de María a los cielos. A ella aplicamos las palabras del salmo, «De pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir», imaginándonos a María como reina sentada a la derecha de su Hijo. También la liturgia de hoy nos invita a aplicar la visión del libro del Apocalipsis que hemos escuchado como primera lectura a María: la mujer vestida del sol, con la luna bajo sus pies y coronada de doce estrellas sobre su cabeza que aparece en el cielo y se convierte en signo, un signo de esperanza: cuando la mujer encinta da a luz al hijo se oye la gran voz del cielo que dice: «Ahora se estableció la salvación y el poder y el reinado de nuestro Dios, y la potestad de su Cristo». Una salvación que el dragón, el otro signo que aparece en el texto, expresión del mal y de la muerte, no puede eliminar. Lo afirma san Pablo en el texto proclamado como segunda lectura: «Cristo tiene que reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies. El último enemigo en ser destruido será la muerte». Por tanto, Cristo con su muerte en cruz ha destruido todo lo que infunde miedo en el ser humano, su enemigo, todo lo que atenta contra el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, creado para amar, creado para la vida. Cristo ha vencido al mal destruyendo la muerte, el gran enemigo del hombre.
Celebrar la asunción de María es celebrar que todos estamos llamados a la resurrección, a la victoria sobre la muerte, a una vida nueva y plena, y todo gracias a Cristo. En efecto, nos recordaba Pablo: «Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto», el primero, el que va por delante, el que abre para nosotros las puertas del cielo.
Por eso en ese combate entre la muerte y la vida, entre el mal y el bien, que es el combate en el que nos encontramos cada día, nuestra Madre de Candelaria sujetando a su hijo Jesús en su mano derecha y el cirio encendido en la izquierda nos invita a mantener encendida la luz de la esperanza porque la victoria es de «Cristo, nuestra esperanza» (1Tim 1,1), «esperanza que no defrauda» (Rom 5,5); esperanza de la que nosotros estamos llamados a ser signos.
María fue un signo de esperanza para Isabel en su ancianidad, cuando llevaba en su seno a su hijo Juan, el que luego sería el bautista. También nosotros estamos llamados a ser signos de esperanza. A transformar los signos de los tiempos, que contienen el anhelo del corazón humano, necesitado de la presencia salvífica de Dios, en signos de esperanza, como pedía el recordado papa Francisco al convocar el Jubileo que estamos celebrando con motivo del 2025 aniversario del nacimiento de Jesucristo (cf. Spes non confundit, 7).
«Que el primer signo de esperanza –afirmaba el Pontífice– se traduzca en paz para el mundo, el cual vuelve a encontrarse sumergido en la tragedia de la guerra. La humanidad, desmemoriada de los dramas del pasado, está sometida a una prueba nueva y difícil cuando ve a muchas poblaciones oprimidas por la brutalidad de la violencia.
¿Qué más les queda a estos pueblos que no hayan sufrido ya? ¿Cómo es posible que su grito desesperado de auxilio no impulse a los responsables de las Naciones a querer poner fin a los numerosos conflictos regionales, conscientes de las consecuencias que puedan derivarse a nivel mundial? ¿Es demasiado soñar que las armas callen y dejen de causar destrucción y muerte? Dejemos que el Jubileo nos recuerde que los que “trabajan por la paz” podrán ser “llamados hijos de Dios” (Mt 5,9)» (Spes non confundit, 8).
En pleno siglo XXI, después de miles de año de historia de la humanidad, el ser humano sigue matando al hermano, como el caso paradigmático de lucha fratricida de Abel y Caín que nos narra la Escritura. No acabamos de ver cumplida las palabras proféticas de Isaías, escritas siglos antes del nacimiento de Cristo: «De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra» (Is 2,4). Al contrario, las imágenes que nos llegan son de conflictos que se perpetúan con el paso del tiempo. No son solo Ucrania y Rusia, Gaza e Israel, cuyas imágenes día sí día también no dejan de llegar a nuestros ojos ante una aparente pasividad o indiferencia, de quien se acostumbra de forma insensible a ver el dolor y la muerte ajeno, o que a lo sumo suscita un mero sentimiento de compasión distante y fría. Son muchos más los lugares del mundo, donde en este preciso momento, existen guerras, conflictos, terrorismo, violencia, muerte y destrucción. Es interminable el listado de países en los distintos continentes: Yemen, Siria, Cachemira, Tailandia, Camboya, Mozambique, Sudán, Mali, México, Nicaragua, Haití… pero esa violencia –hermanos y hermanas– no está tan lejos, lamentablemente.
También la encontramos en barrios y hogares de nuestra tierra canaria: la violencia doméstica, especialmente contra la mujer y los niños; la agresividad de nuestros jóvenes en los centros educativos y de algunos grupos de personas en la celebración de acontecimientos deportivos o lúdicos y festivos; los broncos debates políticos de nuestros representantes caracterizados por la falta de diálogo y entendimiento; los discursos fundamentalistas e ideologizados poco evangélicos de algunos cristianos; las actitudes de marginación, desprecio y xenofobia ante el otro, el que es diferente, en especial los migrantes; la proliferación de juegos y de películas cargadas de violencia, odio, sangre y muerte que van alimentando la mente de nuestros adolescentes y jóvenes… todo se convierte en un caldo de cultivo que, en vez de favorecer una vida en concordia y paz, alimentan el odio, la violencia y la intolerancia.
Ante esta dura y triste realidad, como cristianos, no podemos caer en la desesperanza o el desánimo, tampoco vivir de forma utópica e ilusoria. Por el contrario, la fe nos anima, como María, a la esperanza, que es abrirnos al futuro con realismo, sabiendo que en nuestro futuro está Dios, como fundamento que lo sostiene, como ancla segura a la que aferrarnos. Si de verdad queremos ser hijos de Dios hemos de ser constructores de paz, pues como afirmó Jesús en su discurso de las bienaventuranzas: los que trabajan por la paz son los que serán llamados hijos de Dios. (Cf. Mt 5,9).
Así pues, el compromiso por la paz es un imperativo que nace de nuestra fe y nos hace vivir en cristiano, acogiendo la exhortación del apóstol Pablo a los Romanos: «A nadie devolváis mal por mal. Procurad lo bueno ante toda la gente. En la medida de lo posible y en lo que dependa de vosotros, manteneos en paz con todo el mundo. No os toméis la venganza por vuestra cuenta, queridos; dejad más bien lugar a la justicia» (Rm 12,18-19). Así lo reconoce el conocido adagio latino: «opus iustitiae pax», la paz es obra (fruto) de la justicia.
En efecto, como afirma la Doctrina Social de la Iglesia: «La paz no es simplemente ausencia de guerra, ni siquiera un equilibrio estable entre fuerzas adversarias, sino que se funda sobre una correcta concepción de la persona humana y requiere la edificación de un orden según la justicia y la caridad» (Compendio, 494). En términos similares se expresaba el Concilio Vaticano II clausurado hace ahora 60 años, en el que realizaba una insistente llamada a «todos los cristianos para que, viviendo con sinceridad en la caridad, se unan con los hombres realmente pacíficos para implorar y establecer la paz» (Gaudium et spes, 78).
Un mensaje que sigue siendo actual en la Iglesia. Nuestro Papa León XIV en sus primerísimas palabras al asomarse al balcón de la basílica vaticana tras su elección como Sucesor de Pedro el pasado 8 de mayo renovaba ese deseo de paz: «¡La paz esté con todos ustedes! Queridos hermanos y hermanas, este es el primer saludo de Cristo resucitado, el Buen Pastor, que ha dado la vida por la grey de Dios. También yo quisiera que este saludo de paz entrara en sus corazones, llegara a sus familias, a todas las personas, dondequiera que estén, a todos los pueblos, a toda la tierra. ¡La paz esté con ustedes! Ésta es la paz de Cristo resucitado, una paz desarmada y una paz desarmante, humilde y perseverante. Proviene de Dios, Dios que nos ama a todos incondicionalmente» (Bendición Urbi et orbe, 08.05.2025).
Pero no se trata solamente de un compromiso personal de cada uno de nosotros como cristianos, sino que también como Iglesia, como comunidad, somos invitados por el papa a cultivar la paz: «deseo –afirmaba León XIV en su discurso a los obispos italianos– que cada diócesis pueda promover caminos de educación en la no violencia, iniciativas de mediación en los conflictos locales, proyectos de acogida que transformen el miedo al otro en oportunidad de encuentro. Cada comunidad se convierta en una “casa de paz”, donde se aprenda a desarmar la hostilidad a través del diálogo, donde se viva la justicia y se cuide el perdón. La paz no es una “utopía espiritual”: es una vía humilde hecha de gestos cotidianos, que entrelazan paciencia y valentía, escucha y acción» (Discurso a la Conferencia Episcopal Italiana, 17.06.2025).
«De pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir». María es Reina, la Reina de la paz. A ella, a la bienaventurada María de Candelaria, patrona de Canarias, pedimos para que interceda ante su Hijo Jesucristo, el Príncipe de la Paz, para que nos comunique su paz a nuestros corazones, a quienes estamos aquí y a quienes nos acompañan a través de los medios de comunicación y las redes, la paz a nuestros hogares, a nuestro pueblo canario, a esta humanidad dividida por los odios y los miedos sinsentido. Virgen de Candelaria haz que, con tu protección y ayuda, mantengamos encendida la luz de la esperanza y que colaboremos en la construcción de un mundo más justo y fraterno, donde reine la paz, una paz estable y duradera.
«Bienaventurada la que ha creído porque lo que ha dicho el Señor». Bienaventurados nosotros, como María, si nuestra fe, hermanos y hermanas, nos conduce a vivir en esperanza, esperando y construyendo un mundo en paz y viviendo comprometidos con este noble fin que nos aúna a la familia humana, siendo nosotros, como María, signo de esperanza para quienes viven desanimados, quienes miran el futuro con escepticismo y pesimismo. Que este Jubileo que estamos celebrando sea para todos nosotros ocasión de reavivar la esperanza, de la mano de nuestra madre María, la Morenita, la Virgen de Candelaria. ¡Que así sea!