Nos disponemos a celebrar la Semana Santa ‘2024. Como siempre vamos a revivir la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. Somos conscientes de que no se trata simplemente de recordar unos acontecimientos del pasado, sino de actualizar los misterios de la vida de Cristo con toda su fuerza redentora, que es capaz de transformar nuestra vida, aquí y ahora.

La Semana Santa no puede ser para un cristiano, ni una semana cultural, ni una semana al servicio del atractivo turístico, sino una semana de demostración y testimonio de nuestra fe. Todo lo exterior que vivimos en esta semana debe ayudarnos a avanzar en la vivencia de nuestra fe verdadera.

Las celebraciones en la calle, nuestras procesiones, tienen perfecto sentido cuando son expresión de la fe que vivimos, en las celebraciones litúrgicas de estos días; en ellas participamos en la muerte y la resurrección de Cristo.  Que no sean unos meros días de fiesta, sino que nuestros corazones estén dispuestos al encuentro con el Señor para que nosotros, con su Muerte y Resurrección, obtengamos la Vida que nunca perece.

El lema elegido para este año es una invitación a «Vivir la Semana Santa, interiormente y por fuera». Es decir, estamos llamados a encontrarnos personalmente con el Señor y a manifestar exteriormente nuestra fe. Lo más importante es que, en cada celebración, en cada procesión, en cada práctica de piedad, contemplemos el amor de Dios hacia la humanidad y el amor hacia cada persona hasta dar la vida por nuestra salvación. Esto es lo esencial. Para entrar de lleno en la Semana Santa hemos de abrirle la puerta de nuestro frágil corazón al Señor y dejar que su misericordia nos abrace y nos rehaga desde dentro. Para ello, hemos de despojarnos de nuestros propios criterios para acoger el plan amoroso de Dios para cada uno de nosotros.

La Semana Santa la tenemos que vivir desde el corazón y con espíritu de fe, como la Iglesia nos propone: participando en las celebraciones litúrgicas, acogiéndonos al perdón de Dios por medio del sacramento de la penitencia y participando como personajes vivos en la pasión de Cristo.

Queridos hermanos, con la ayuda de la gracia divina, dispongamos nuestros corazones para participar activa y conscientemente en la Semana Santa, a fin de que, contemplando la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, podamos acoger en nuestros corazones el amor del Señor Jesús y darlo a los demás como nuestro mayor tesoro. Estas son las celebraciones que estamos llamados a realizar:

  • El Domingo de Ramos revivimos la entrada triunfal de Cristo en Jerusalén y lo aclamamos como nuestro Dios y Señor.
  • El Jueves Santo, con emoción actualizamos en nuestro corazón la institución de la Eucaristía y del Sacerdocio ministerial, el lavatorio de los pies a los apóstoles y el mandamiento del amor fraterno.
  • El Viernes Santo meditaremos que, por nosotros y por nuestra salvación, padeció y murió en la cruz. Por eso decimos con fe: “Te adoramos oh Cristo y te bendecimos, pues con tu santa Cruz redimiste al mundo.”
  • Y, en la Vigilia Pascual y el Domingo de Pascua, gozaremos celebrando su Resurrección, su triunfo sobre la muerte y el pecado, sin olvidar que gracias a su resurrección: “Por el bautismo fuisteis sepultados con Cristo y habéis resucitado con él, por la fe en la fuerza de Dios que lo resucitó de los muertos” (Col. 2,12).

Decía en Papa Francisco, el 31 de marzo de 2021: «¡Aquel que había sido crucificado ha resucitado! Todas las preguntas y las incertidumbres, las vacilaciones y los miedos son disipados por esta revelación. El Resucitado nos da la certeza de que el bien triunfa siempre sobre el mal, que la vida vence siempre a la muerte… es la confirmación de que Jesús tiene razón en todo: al prometernos la vida más allá de la muerte y el perdón más allá de los pecados».

La Semana Santa es «la Semana grande de los cristianos». En ella conmemoramos los misterios de la muerte y la resurrección del Señor, misterios a través de los que el Señor nos ha rescatado del pecado y nos ha reconciliado con el Padre. Sería bueno que, durante la asistencia a las celebraciones de estos días, lográsemos vivir un encuentro interior y verdadero con Cristo Resucitado y, también, manifestarlo exteriormente como expresión de nuestra fe.

Si queremos participar fructuosamente en la Semana Santa, no dejemos de acercarnos confiadamente a la confesión sacramental, que es como una especie de muerte y resurrección para cada uno de nosotros. Una buena confesión nos ofrece la posibilidad de volver a comenzar nuestra vida, y tener realmente parte en la alegría del Señor Resucitado. El perdón que el Señor Jesús nos da en este sacramento es fuente de paz interior y exterior. Tengamos la valentía del arrepentimiento y de alcanzar la gracia de Dios por la confesión sacramental.

Porque esto es así, la Semana Santa debe ser para nosotros, los seguidores de Cristo, una continua acción de gracias a Él por su entrega por nosotros, sin mérito alguno por nuestra parte. Debe ser una continua adoración al Hijo de Dios redentor que -como decimos en el Credo- por nosotros y por nuestra salvación se entregó a la muerte en la cruz y resucitó. Y todo eso para que andemos en una nueva vida, en la que Dios sea realmente alguien importante para nosotros. Así podremos plantearnos nuestra vida desde su mensaje y ser para cuantos nos contemplen un verdadero testimonio de vida como seguidores de Cristo. Si vivimos así la semana será realmente santa.

Fijemos nuestra mirada, también, en María que, como Madre de Dios y madre nuestra, nos enseñará el camino del seguimiento de Cristo y de la unión con Él. Que María Santísima, la Madre que siguió fielmente a su Hijo en su Pasión y compartió la alegría de su Resurrección, sea la Madre en cuya compañía vivamos estos días santos, para que tengamos un encuentro gozoso con Cristo Resucitado y caminemos hoy y siempre –como lo hizo ella- tras las huellas del Señor.

Queridos hermanos, con la ayuda de la gracia divina, dispongamos nuestros corazones para participar activa y conscientemente en la Semana Santa ‘2024, a fin de que, contemplando la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, podamos acoger en nuestros corazones el amor del Señor Jesús y darlo a los demás como nuestro mayor tesoro. Os animo a vivirlos con intensidad, con profundidad y con fe, porque en cada uno de ellos vemos cómo el Misterio de salvación de Cristo se hace presente en nuestra vida.

Es lo les deseo de todo corazón.

                 † Bernardo Álvarez Afonso

Obispo Nivariense

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